III Monitoreo Poblacional Anual de Ranas Altoandinas — Reserva Nacional de Junín, Perú
A 4,100 metros sobre el nivel del mar, donde el aire es tan fino que cada respuesta cuesta, existe un mundo que pocos han visto. El lago Junín o Chinchaycocha, como lo conocen los que habitan estas tierras; se extienden entre las regiones de Junín y Pasco, distribuidos en cinco distritos que comparten una misma fragilidad. El clima de puna es implacable: frío y seco, con temperaturas medias que oscilan entre los 3 °C y 7 °C, una marcada diferencia entre el día y la noche, y una radiación solar que quema la piel a pesar del viento gélido. En este paisaje de altura, donde la vegetación es dominada por pastizales, sobreviven dos de las ranas más grandes de Sudamérica: la rana gigante de Junín (Telmatobius macrostomus) y la wancha (Telmatobius brachydactylus).
Ambas especies, catalogadas como En Peligro (EN) en la Lista Roja de la UICN, enfrentan una convergencia de amenazas que las ha llevado al borde. La contaminación del agua —producto de décadas de actividad minera en la cuenca. La introducción de la trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss), una especie exótica invasora, compite por los recursos y preda directamente sobre sus huevos, embriones y renacuajos. Los remanentes de caza ilegal, impulsada por creencias tradicionales sobre propiedades medicinales de su carne o simplemente por consumo; reducen poblaciones ya diezmadas. Y la degradación y pérdida del hábitat, consecuencia del cambio de uso de suelo y la expansión agrícola, cierra el círculo de presión sobre dos especies que no tienen adónde ir.
El acceso al mundo de estas ranas no se entrega fácilmente. En octubre de 2024, durante el III Monitoreo Poblacional Anual de Ranas Altoandinas, tuve la oportunidad de acompañar a un equipo multidisciplinario en su trabajo de campo. La jornada se desarrolló en simultáneo en tres Áreas Naturales Protegidas: la Reserva Nacional de Junín, el Santuario Histórico de Chacamarca y el Santuario Nacional de Huayllay, bajo la coordinación del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp), la ONG Grupo RANA, el Denver Zoo Conservation Alliance (DZCA) y universidades invitadas. Llegué allí por invitación.
El objetivo del monitoreo era estimar la densidad poblacional de ambas especies —la rana gigante de Junín y la wancha— en los sitios de protección de los Guardianes de la Rana y en espacios identificados como potenciales para su conservación. El día fue soleado, un regalo inesperado en una zona donde el clima suele ser hostil. Pero la búsqueda es peculiar: no es fácil encontrarlas. Afortunadamente, los especialistas conocen bien cómo localizarlas. Se adentran al humedal, vadeando aguas heladas donde la vegetación frágil define un ecosistema sometido a presión constante. El esfuerzo físico es considerable —a 4,100 metros cada movimiento demanda más oxígeno, más energía, más determinación— pero nadie se queja. El monitoreo se realiza una vez al año, y cada jornada es una oportunidad irrepetible para evaluar el estado de sus poblaciones.
La conservación, en este contexto, no es abstracta. Se manifiesta en gestos precisos: voluntad real, manos firmes, concentración total. Cada manipulación es una decisión ética —minimizar el estrés del animal mientras se extraen datos que podrían salvar a toda una población. Los especialistas preparan las ranas para la recolección de datos con una delicadeza que solo quien entiende la urgencia puede permitirse. No se trata solo de ciencia; se trata de cuidado.
Documenté la jornada con equipo Fujifilm, alternando teleobjetivo para los retratos íntimos y gran angular para los paisajes que contextualizan. Mi enfoque fue natural y documental: registrar fielmente lo que presenciaba, sin artificios, sin intervenciones que alteraran el flujo del trabajo. Nunca antes había fotografiado anfibios en peligro de extinción. Fue una experiencia emocionante, una que redefine lo que significa apuntar la cámara hacia un ser vivo.
El primer contacto es siempre un momento de tensión. La piel de la rana, húmeda y vulnerable, responde al calor, a la tensión de estar fuera del agua. Se documenta todo el proceso. Los datos específicos del monitoreo son reservados, una medida de protección necesaria ante la caza ilegal que sigue siendo una amenaza. La información, en este caso, es también un escudo.
Lo que sí puedo contar es lo que vi: la dedicación de un equipo que trabaja contra el tiempo, la precisión de cada gesto, la conciencia de que cada rana que pasa por sus manos representa una fracción de dos poblaciones que están en peligro de extinguirse.
En primer plano, la rana del lago Junín revela su anatomía de superviviente: ojos adaptados a la penumbra de las aguas turbias, piel permeable que respira el agua misma, un cuerpo que ha evolucionado para dominar un nicho que ahora se desvanece. Es una vulnerabilidad física que también es su fortaleza evolutiva. Pero esa fragilidad, ante la contaminación, la competencia de especies invasoras y la caza indiscriminada, se ha convertido en su sentencia.
La imagen del retrato cercano es, quizás, la más difícil de hacer. No por la técnica —la luz natural del altiplano es generosa cuando el día es despejado— sino por lo que representa. Cada vez que enfocaba el visor, veía no solo una rana. Veía millones de años de evolución concentrados en un cuerpo que cabe en dos manos humanas. Veía dos especies que no eligieron estar en peligro, pero que ahora dependen de personas que las cuiden para sobrevivir.
El pesaje, la medición, la anotación meticulosa. Estos datos no son fríos: son la memoria de cada individuo. Cada número en la libreta es una pregunta respondida sobre salud poblacional, tendencias de supervivencia, señales de alerta temprana. Los procedimientos de registro científico —peso, longitud, estado de salud, condición del hábitat inmediato— forman parte de un proceso de conservación que trasciende la jornada de campo. Son la base sobre la que Grupo RANA construye sus tres proyectos de conservación: monitoreo poblacional, educación ambiental y gestión de hábitat, todos visibles en su plataforma.
La información no se publica ampliamente. La fragilidad de estas ranas exige discreción. Pero los proyectos siguen activos, los monitoreos anuales continúan, y cada año el equipo regresa a estos humedales con la misma pregunta: ¿cuántas quedan?
Grabada durante un estudio de campo, esta imagen detiene el tiempo. Las características distintivas de la especie —su morfología única, su coloración adaptada a las aguas frías y ricas en nutrientes del lago— son visibles, pero también lo es algo más: la conciencia, quizás, de estar siendo observada. De que alguien, finalmente, la ve.
No hay historias de éxito fáciles que contar sobre estas ranas. No hay noticias de recuperación dramática, de poblaciones duplicadas, de amenazas eliminadas. Lo que hay es persistencia: la de dos especies que siguen existiendo a pesar de todo, y la de un equipo de personas que sigue buscándolas, midiéndolas, protegiéndolas. En la fotografía de conservación, a veces la victoria no es el final feliz. A veces la victoria es que alguien siga contando la historia.
La conservación no es un acto solitario. En el paisaje altoandino, el equipo de monitoreo trabaja en conjunto: biólogos, técnicos, guardaparques, fotógrafos. Cada uno con un rol, todos con un propósito compartido. La naturaleza colaborativa del trabajo de campo es, en sí misma, un modelo de lo que la conservación requiere: unión, persistencia, fe en lo invisible.
Documentar esta jornada de monitoreo no fue solo registrar un proceso científico. Fue presenciar la frágil conexión entre el trabajo de campo, la presencia humana y dos especies que luchan por sobrevivir. Estas ranas no tienen voz propia en los debates sobre conservación. Pero, estas imágenes intentan, humildemente, prestarles la nuestra.

