El lugar que te elige
A 4,200 metros, donde el viento corta el aire antes de que llegue a los pulmones, existe un acuerdo entre la montaña y quienes la miran con paciencia. El Área de Conservación Regional Huaytapallana (ACRH) cuenta con 22,406 hectáreas de glaciares, pajonales y bofedales en la cordillera oriental de Junín; no se revela a quien pasa. Se entrega, lentamente, a quien vuelve.
Llegué por primera vez hace más de 15 años, pero no fue hasta que retorné el año 2018 en plena temporada seca, por iniciativa propia. Coordiné con la Gerencia de Recursos Naturales del Gobierno Regional de Junín y pasé tres meses haciendo un registro gráfico de la naturaleza allí existente; en parte fueron duras las noches durmiendo en una caseta vacía, en el suelo, mientras las heladas nocturnas bajaban de cero grados. No había comodidad. Pero la naturaleza valía la pena, los atardeceres que doraban el pastizal hasta que las montañas parecían de oro. Y las mañanas, aunque heladas mostraban una belleza sin igual.
La flora de Huaytapallana no es espectacular a primera vista. Son plantas pequeñas, adaptadas a la radiación intensa y a las bajas temperaturas, formando un tapiz que sostiene todo lo demás. Pero mirarlas con atención, realmente mirarlas, es entender que la resiliencia no siempre grita. A veces crece en silencio, entre las rocas, esperando que alguien se detenga lo suficiente para notarla.
El primer encuentro
El churrete real (Cinclodes aricomae) es un ave tan escasa que en un inicio dudaron de su presencia en el ACRH. Es un ave clasificada “En Peligro” (EN) según la UICN, fue reportada de manera consistente en agosto y noviembre de 2012. Sin embargo, a la fecha no existe un protocolo de monitoreo formal en el ACR Huaytapallana, solo observaciones esporádicas y registros aislados de observadores de aves o de organizaciones como la asociación ANDINUS, así que cada avistamiento es un registro importante sobre la presencia de esta especie.
Encontrarlo para mí fue especialmente difícil al principio. No sabía dónde buscar. Pero una mañana, después de días de caminar por distintos lugares, apareció. Tranquilo, discreto, moviéndose entre las rocas con una confianza que no debería tener una especie con tan pocos individuos. La emoción fue inmensa: contemplar a un ser vivo del cual quedan pocos, y saber que su registro podría contribuir a continuar difundiendo su presencia. Esa mañana entendí que Huaytapallana no era solo un lugar para fotografiar. Era un lugar al que debía volver.
Desde entonces, lo he venido registrado en diferentes oportunidades. La última vez, durante el Global Big Day de 2026, volví a verlo. Persiste. No sé cuántos quedan, uno, dos, quizás una familia pequeña, pero sigue ahí. Esa es la esperanza que Huaytapallana ofrece: no la certeza de que todo estará bien, sino la prueba de que no todo está perdido.
El ecosistema que resiste
La cordillera de Huaytapallana es, ante todo, una reserva de agua. Sus glaciares, lagunas y bofedales actúan como esponja natural para el Valle del Mantaro, abasteciendo de agua a Huancayo y a toda la región para agricultura, ganadería y consumo humano. Es refugio de más de 100 especies de fauna, entre vizcachas, zorros, venados y una diversidad de aves altoandinas, así como una flora silvestre adaptada al clima extremo de la puna.
La vizcacha, particularmente, parece haber encontrado aquí un equilibrio. Se la ve entre las rocas, alerta, viviendo en colonias que han resistido el frío y la presión humana. Es un mamífero que no pide permiso para existir, que no necesita ser raro para importar. Pero su presencia, como la de todo en este entorno, depende de que el agua siga fluyendo limpia y los bofedales no se sequen ni se contaminen.
Cinco comunidades campesinas comparten el territorio; Aychana, Racracalla, Acopalca, Quilcas, Llacsapirca y han coexistido con este ecosistema por largo tiempo. Las relaciones comunales y su entorno pueden ser a veces complejas, pero existe un reconocimiento implícito: sin Huaytapallana, no hay agua. Sin agua, no hay valle. Sin valle, no hay vida.
La fe que mata
El “Pagapu” es un ritual ancestral de reciprocidad con el Apu Huaytapallana y la Pachamama. Coca, chicha, dulces, hilos de colores, frutas, ofrendas que simbolizan abundancia y gratitud. En su esencia, es un acto de armonía: dar para recibir, agradecer para que siga habiendo. Pero en su versión moderna, esta tradición también ha cambiado.
Ahora incluye envolturas plásticas, botellas de vino embotellado, cerveza y en otros casos más raros peticiones que trascienden lo sagrado: animales muertos, fetos de llama, plásticos, objetos personales de individuos a quienes se quiere hacer daño y un sinfín de cosas inimaginables. La montaña recibe lo que le dan. Y lo que le dan, en buena parte, no se desvanece. Las orillas de los bofedales, los mismos que filtran el agua que bebe Huancayo, se han convertido en sitios de acumulación de residuos.
Lo que debería ser un acto de armonía se ha vuelto un acto de contaminación. Y lo peor: no es ignorancia. Es fe. ¿Cómo se le pide a alguien que deje de agradecer a su montaña? Esta pregunta no tiene respuesta fácil, y tal vez no deba tenerla. Pero sí tiene una consecuencia visible: el agua que baja hacia el valle lleva consigo, cada vez más, lo que la montaña no pidió. Y el entorno contaminado afecta a todas las formas de vida que allí habitan.
El intento de orden
En los años que he regresado, he visto cambios que duelen. La intervención física en el hábitat es inevitable cuando un lugar se abre al público, pero la pregunta que queda es si esa apertura está siendo gestionada con la rigurosidad que un ecosistema de altura exige.
La respuesta institucional llegó en forma de la Ordenanza Regional N.° 0418-2025-GRJ/CR, emitida por el Consejo Regional del Gobierno Regional de Junín. El cierre del área al público general busca modular tres crisis simultáneas: el riesgo glaciar, con el alarmante retroceso y derretimiento de la masa de hielo, la crisis hídrica, protegiendo la principal fuente de agua del Valle del Mantaro y la contaminación por turismo desordenado, mitigando el impacto ecológico de festividades masivas como el Santiago o el Año Nuevo Andino.
La ordenanza establece excepciones de acceso para investigación científica, personal técnico de Sedam Huancayo y la Autoridad Local del Agua. Y según lo referido por el GORE Junín, la restricción se mantendrá. Es una medida necesaria, pero insuficiente por sí sola: en la práctica, las personas siguen ingresando de forma oculta, siguen haciendo sus pagos al Apu Huaytapallana pero al ser clandestino ha sido en menor escala.
Así que el área protegida, en este momento, tiene poca protección sobre el terreno. La norma existe. La voluntad política, al menos en papel, también. Pero entre la ley y la montaña hay una distancia que solo la presencia constante puede cerrar.
Regreso constante
He intentado regresar de forma continua después del año 2018. A veces solo por un día, a veces en el marco del Global Big Day o con permiso de la Gerencia de Recursos Naturales. No hay proyecto formal que me retenga. Hay algo más difícil de explicar: la sensación de que este lugar debe seguir siendo observado.
Las noches siguen siendo duras. Las heladas no perdonan. El viento no cesa. Pero las mañanas, especialmente las mañanas, compensan todo. La luz sobre el pajonal, el silencio roto solo por el viento, la certeza de que, si uno espera lo suficiente, algo aparece. Una vizcacha. Una flor. Un churrete real cuya existencia se aferra, contra toda lógica.
En 2026, durante el Global Big Day, volví a ver al churrete real. Persistiendo a pesar de todo. No sé cuántos años más podré decir lo mismo. Pero mientras la respuesta sea sí, seguiré volviendo.
La montaña no necesita que la salvemos. Necesita que dejemos de dañarla mientras intentamos agradecerle. El churrete real no necesita alteración. Necesita que no le obstruyamos su supervivencia. Y el agua que baja hacia Huancayo no necesita promesas. Necesita bofedales limpios, glaciares estables, y alguien que siga ejerciendo la gestión adecuada.
He sido sobre todo un fotógrafo que volvió recurrentemente al mismo lugar porque una mañana, hace años, un ave me observó como si supiera algo que todavía estaba aprendiendo. Lo que Huaytapallana ha enseñado es que la conservación no siempre es un proyecto grande. A veces puede iniciar con alguien que se mantiene atento y observando. A veces puede ser un colectivo o un grupo con un objetivo en común. A veces puede ser la difusión de registros reales, entre bellos y crudos. A veces puede venir de la mano de la gestión política. A veces puede ser una población que empieza a entender lo importante que es preservar estos espacios naturales.
Ninguna de estas vías es suficiente por sí sola. Pero tampoco es necesario que lo sean. Lo que importa es que alguien, en algún lugar, empiece o continúe haciendo el trabajo.

